Discurso del Excmo Sr. Jacques CHIRAC, Presidente de la República con motivo des mensage de año nuevo del cuerpo diplomático.

Discurso del Excmo Sr. Jacques CHIRAC, Presidente de la República con motivo des mensage de año nuevo del cuerpo diplomático.

07 - 01 - 2003

Señor Primer Ministro,
Señor Ministro de Asuntos Exteriores,
Señoras y Señores Ministros,
Señoras y Señores Embajadores,
Señoras y Señores,

Excelentísimo Nuncio:

Mucho le agradezco sus amables palabras, que he escuchado con suma emoción. Permítame expresarle mis más sinceros deseos para el nuevo año y, por su conducto, dirigir a Su Santidad el Papa Juan Pablo II mis sentimientos deferentes, así como los mejores deseos del pueblo francés.

Señoras y Señores Embajadores:

Con la caída del Muro de Berlín, desaparecía cierto tipo de orden mundial, un orden basado en el equilibrio del terror y en el enfrentamiento bipolar. Algunos pensaron entonces poder vaticinar el final de la Historia, con la expansión rápida y universal de la democracia y de la economía de mercado. En realidad, se abrió una nueva página de una extrema complejidad. Una página en la que, dentro de la multiplicidad de sus legados, la humanidad descubre su destino común, el cual aborda embargada por un sentimiento de esperanza mezclado con aprensión.

Se han desatado ingentes energías, que arrastran a su paso nuestras costumbres y certezas. Energías que desencadenan el entusiasmo de unos y la rebelión de otros, que alteran el mundo y sus fronteras. Al verlas en acción, podemos sentirnos sumidos en una especie de vértigo.

Efectivamente, el año 2002 fue escenario de demasiadas crisis y tragedias. Las turbulencias económicas y financieras han sacudido nuevamente a América del Sur. Las grandes pandemias, y en particular el SIDA, ganan terreno sin cesar. En África, ha resurgido la hambruna y han estallado nuevos conflictos. Pese a los esfuerzos desplegados, el terrorismo cobarde ha vuelto a asesinar a inocentes. La violencia continúa causando estragos en el Oriente Próximo. Y la guerra sigue amenazando en Iraq.

Pero el 2002 ha sido también un año de paz y de progresos. En Monterrey y luego en Johannesburgo, hemos sentado las bases de una alianza mundial para el desarrollo sostenible. En Kananaskis, África y el G-8 celebraron un innovador acuerdo de colaboración. En Beirut, los países francófonos dieron testimonio de la fecundidad del diálogo entre las culturas. En Nueva York, mediante la resolución 1441, la comunidad internacional expresó unánimemente su apego a la Carta de las Naciones Unidas, decidió desarmar a Iraq y darle a la paz una oportunidad. En Copenhague, Europa celebró su reencuentro, mientras llevaba adelante la reflexión sobre sus instituciones y su futuro.

Esos progresos dan fe de nuestra aptitud colectiva para dominar nuestro destino. Frente a las amenazas, Francia obedece a una convicción: la indiferencia conduce al abandono y la rebelión termina en destrucción; sólo la voluntad de actuar y la capacidad de organizar, que son propias del Hombre, permiten superar las pruebas y desmentir las fatalidades.

Fortalecida por esta convicción, Francia aborda el 2003, año que quiere dedicar a servir a la paz, a humanizar la mundialización y a refundar Europa.

*

Servir a la paz. El desarme de Iraq constituye una obligación para el Oriente Medio y para el mundo. Se trata de un problema de paz y de seguridad colectivas. Por consiguiente, debemos resolverlo colectivamente. El marco previsto a tal efecto es el de las Naciones Unidas, que representa, para nosotros, el único legítimo.

La acción internacional no puede eximirse de los principios en los que se fundamenta: respeto del derecho, responsabilidad, equidad y democracia, so pena de quedar desacreditada. La comunidad internacional sólo recurriría a la guerra en último extremo, una vez agotadas todas las demás opciones. La eventual decisión de utilizar la fuerza debe ser explícita y emanar del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la base de un informe motivado de los inspectores. Francia, que siempre ha asumido sus responsabilidades, entiende conservar su plena libertad de apreciación a este respecto.

Esos principios seguirán dirigiendo nuestra actuación. Gracias a los esfuerzos de todos, la comunidad internacional supo dar testimonio de su cohesión, al adoptar unánimemente la resolución 1441. En esta visión común radica la fuerza de nuestra acción. Juntos, velemos por preservarla. Rechacemos resueltamente la tentación de la acción unilateral. Sepamos evitar las actitudes que pudieran menoscabar la legitimidad de nuestra acción. Sigamos depositando toda nuestra confianza en los inspectores de las Naciones Unidas.

Al mismo tiempo, el mensaje dirigido a los responsables iraquíes es claro: se les ofrece una última oportunidad para desarmarse en condiciones de paz. Deben entender que no existe otra salida más que cooperar activamente, por todos los medios, con las misiones de inspección de las Naciones Unidas, que deberán disponer de todas las facilidades e informaciones necesarias para el cumplimiento de su mandato. Los Iraquíes saben que de no hacerlo, se expondrían a una guerra de incalculables consecuencias.

Sobre el conjunto de las cuestiones planteadas por la crisis iraquí, invito al Gobierno a organizar un nuevo debate en el Parlamento, que ha estar asociado a todas las etapas de la evolución de esta situación. Efectivamente, confiero la más alta importancia a que, frente a desafíos de tal magnitud para Francia, la Nación entera se encuentre unida.

En esta región del mundo, otra amenaza se cierne sobre nosotros. La crisis en el Oriente Medio sigue provocando su séquito de destrucción. Dirigentes desconcertados o prisioneros de sus propios cálculos. Pueblos privados de esperanzas, atenazados por el temor y el resentimiento, encerrados en una despiadada lucha que, como todos sabemos, no ofrece ninguna salida, pero de la que ninguno es capaz de zafarse.

Ya es hora de que eso acabe. Que los pueblos de la región puedan por fin vivir en paz, como tanto anhelan, en condiciones de seguridad y de dignidad. Todos conocemos la solución. Pudimos vislumbrarla hace tan solo dos años. Sabemos que pasa por el fin del terrorismo y de la violencia; por el respeto del derecho internacional, la retirada de los territorios ocupados y el desmantelamiento de las colonias de población; por la creación, en los territorios palestinos, de un Estado viable y democrático, que coexista en paz con Israel, con su seguridad garantizada. La solución supone igualmente el establecimiento de relaciones pacíficas entre Israel y sus vecinos, basadas en el reconocimiento y el respeto mutuos, con la restitución de la tierra. En este sentido, saludo la iniciativa adoptada con motivo de la Cumbre árabe celebrada en Beirut el pasado mes de marzo.

Es hora de que la comunidad internacional supere sus aprensiones, o sus inhibiciones, y asuma sus responsabilidades. Que no sólo diga a las partes que deben regresar a la mesa de negociaciones, sino que las conduzca hasta a esa mesa. Que no sólo enuncie su visión y los principios de una solución, sino que ayude a las partes a ejecutarlos. Deseo que el 2003, año electoral en Israel y, como esperamos, en Palestina, brinde la oportunidad de reactivar una perspectiva de paz.

También el continente africano padece graves crisis, que a menudo se traducen en dificultades internas y en conflictos de vecindad. Incumbe, pues, naturalmente a las mediaciones regionales intervenir en primer lugar. Así se han logrado ciertos adelantos en la crisis marfileña, gracias a la mediación de la CEDEAO. Asimismo, en la República Centroafricana, la CEMAC ha desplegado este año una intensa actividad encaminada a reducir las tensiones.

Pero, a veces, los esfuerzos de los países vecinos no bastan, o demoran en dar sus frutos. Entonces, corresponde a ciertos socios exteriores asumir sus responsabilidades: lo hemos visto en Sierra Leona, con la intervención británica, y lo vemos actualmente, con la implicación de Francia en Côte d'Ivoire. Por evidentes razones humanas e históricas, el deber de Francia es estar al lado del pueblo marfileño, en momentos en que la crisis abierta que sufre desde hace tres meses podría conducir en cualquier momento a un desenlace dramático, destrozando al país y trastornando toda la región.

Por eso, en concertación con los Jefes de Estado de la CEDEAO, los actores marfileños y la Unión Africana proponen que se entable, por fin, en París, el verdadero diálogo político, único capaz de reconciliar a la Côte d'Ivoire consigo misma. Así, en el transcurso de la segunda quincena de enero, organizaremos en París una reunión de reconciliación inter-marfileña, seguida por una Cumbre de Jefes de Estado Africanos, en presencia del Secretario General de las Naciones Unidas, en la que participarán igualmente varias personalidades de relieve internacional.

Una vez en marcha el proceso de reconciliación, Francia encabezará una alianza de donantes para la reconstrucción económica de Côte d'Ivoire.

En esta situación, necesitamos obviamente del apoyo de las Naciones Unidas. Por cierto, en el tratamiento de las crisis en Africa, Francia alienta la implicación de la ONU, y participa activamente en la búsqueda de soluciones adaptadas, caso por caso, dentro del Consejo de Seguridad.

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Señoras y Señores Embajadores:

La mundialización representa una etapa exaltante de la aventura humana. La libertad, la creatividad, la circulación inmediata de la información y de los conocimientos, abren el camino de la paz y de la prosperidad, del intercambio entre las culturas y del fortalecimiento de los derechos humanos, a condición de que sepamos actuar, y lo hagamos con mayor solidaridad, mayor responsabilidad, mayor seguridad y mayor democracia. Tales son los principios que han de regir la Presidencia Francesa de la Cumbre del G-8.

La solidaridad, antes que nada. Estamos decididos a probar en Evian que el plan aprobado entre el G-8 y África, en el marco de la NEPAD, constituye la fuente de un nuevo impulso y permite realizar proyectos concretos que han de transformar al continente.

El próximo mes de febrero, Francia acogerá a África, en París. Con motivo de esa cumbre bienal, reiteraré a los Jefes de Estado Africanos el compromiso del G-8 y les instaré a mantenerse movilizados para dar cuerpo a esa colaboración.

Las decisiones de la Cumbre del Milenio y de la Cumbre de Johannesburgo representan una obligación para la comunidad internacional. Ahora es necesario concretarlas. Apoyaré mi acción en los resultados de la próxima Conferencia de Kioto, a la cual asistiré, para proponer que el G-8 se dedique a una de las necesidades más fundamentales de la humanidad: el agua.

Dividir por dos, de aquí a 2015, la cantidad de personas que no tienen acceso al agua potable o a sistemas de saneamiento, según nos hemos comprometido, supone duplicar las inversiones anuales en el sector. En Kioto y en Evian, elaboraremos un plan mundial a tal efecto.

En ese mismo espíritu de solidaridad, debemos trabajar para detener el avance de las grandes pandemias y, en particular, del SIDA. La enfermedad avanza más rápido que nuestros esfuerzos para controlarla y constituye un obstáculo mayor para el desarrollo y el equilibrio de algunas regiones. Hemos logrado importantes progresos: existen tratamientos; hemos creado el Fondo Mundial, que es necesario perpetuar; asimismo, reconocimos en Doha que los países pobres deben poder acceder a los medicamentos, a precios abordables. Lamento que el egoismo y los intereses a corto plazo hayan impedido llegar a un acuerdo en la OMC a finales de año. Es urgente reanudar y concluir positivamente las negociaciones. Nuestra tarea en Evian consistirá en avanzar en la ejecución de esas decisiones.

El segundo principio que ha de regir nuestra acción es el de la responsabilidad. Responsabilidad de todos los Estados para reunir las condiciones para un crecimiento económico estable y para una liberalización financiera organizada. Bajo la égida de los países del G-8, es particularmente urgente concluir las discusiones sobre el apoyo a los países que experimentan dificultades de pago. Reconociendo el papel central que desempeña el FMI, debemos lograr que los acreedores públicos, los acreedores privados y los países en dificultades trabajen conjuntamente. Así, podremos prevenir y controlar mejor las crisis, como la que padece Argentina. Asimismo, podremos consolidar el proceso iniciado con el Líbano el pasado mes de noviembre.

El sobreendeudamiento inhibe el desarrollo. Después de la iniciativa sobre los países pobres muy endeudados, deberá emprenderse una reflexión sobre los países con ingresos intermedios, como señalé en Johannesburgo.

Los países industrializados tienen una responsabilidad fundamental para con el planeta y para con las generaciones futuras. El desarrollo sostenible es una urgencia. Urgencia de una mayor disciplina. Urgencia también de nuevas conquistas científicas y tecnológicas, que constituyen verdaderos retos para nuestra inventiva y para nuestra competitividad.

Así, en la lucha contra los cambios climáticos, es indispensable que todos los Estados apliquen de inmediato el Protocolo de Kioto. Pero además serán necesarios considerables progresos tecnológicos para reducir, a largo plazo, las emisiones de gas con efecto invernadero. En Evian, intentaremos orientar más la investigación científica y la innovación tecnológica hacia la protección del medio ambiente.

Trataremos, por último, la responsabilidad de las empresas y de los agentes económicos. El papel de la empresa es producir, pero no de cualquier manera. No podemos aceptar que prosperen los piratas de la mundialización.

Propongo que, sobre la base de una concertación con los actores interesados, el G-8 de Evian enuncie los principios de una economía de mercado responsable, en los ámbitos financiero, social, medioambiental y ético.

Tercer principio: la seguridad. En Evian nos dedicaremos a reforzar la lucha contra el terrorismo y contra la proliferación, esos flagelos que aprovechan las fallas de la mundialización.

Nuestra lucha sin merced ha asestado golpes muy fuertes a las redes terroristas. Gracias a la coalición creada en el marco de la ONU, los Estados han estrechado las filas. Pero los recientes atentados en Asia, en Europa y en África muestran que la amenaza persiste. Por eso, al asumir la Presidencia del Consejo de Seguridad, Francia examinará la posibilidad de una profunda concertación internacional para luchar contra esa lacra. Las redes terroristas, difusas y móviles, saben aprovechar las tecnologías modernas. Debemos impedir a toda costa que accedan a las fuentes radiológicas y a las armas químicas o bacteriológicas. Ese es justamente el objeto del acuerdo de colaboración mundial lanzado en Kananaskis, que Francia está decidida a ejecutar.

El peligro de la proliferación viene igualmente de Estados con un comportamiento irresponsable, tentados por la carrera irreflexiva, el chantaje y el desafío a la comunidad internacional. Corea del Norte, en particular, debe entender que no hay otro camino que renunciar a su programa nuclear militar, desarrollado en contradicción con sus compromisos y con el derecho internacional. La Junta de Gobernadores del OIEA acaba de exigir que ese país aplique, sin dilación, sus acuerdos de salvaguardia. En estrecha coordinación con nuestros socios y con los Estados de la región, estamos decididos a lograr que Corea del Norte cumpla sus obligaciones internacionales. Queremos proceder con ellos a una amplia concertación y, llegado el caso, permitir al Consejo de Seguridad desempeñar cabalmente su papel.

Ese ejemplo debe alentarnos a reforzar los instrumentos multilaterales de lucha contra la proliferación. Saludo el reciente lanzamiento, en La Haya, del código de conducta contra la proliferación de misiles balísticos, que constituye el primer paso hacia un instrumento jurídico de alcance universal.

Reitero igualmente mi proposición de que los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros del Consejo de Seguridad se reúnan, al margen de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que, a la luz de las recientes crisis, infundan un nuevo aliento político a la lucha contra la proliferación.

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Solidaridad, responsabilidad y seguridad, pero también democracia. Observo con atención la creciente importancia que cobra la mundialización en el debate público, las acuciantes preguntas que se plantean nuestros conciudadanos sobre el porvenir. Considero que es legítima esa exigencia de un debate democrático que debe otorgar el lugar que le corresponde al diálogo con los sindicatos, con las ONG, con las colectividades locales y con las empresas. Todos serán estrechamente asociados a la preparación de la Cumbre de Evian. También me reuniré con ellos en los próximos meses.

El G-8 no es un directorio del mundo. Es un lugar de impulso, que debe enmarcar su acción en el contexto de las instituciones internacionales y de un diálogo ampliado. Desde hace ya varios años, los ocho se han abierto a consultas con el resto del mundo. En Génova y en Kananaskis, invitamos a los promotores de la NEPAD. Demos un paso más. Como ya he informado a nuestros socios del G-8, invitaré a Evian a varios Jefes de Estado y de Gobierno de países emergentes y de países pobres, representativos del mundo y su diversidad, para ver junto a ellos cómo poner la mundialización al servicio de todos y cómo avanzar hacia una democracia planetaria.

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Señoras y Señores Embajadores:

Contra el caos político al que conduciría el juego ciego de las rivalidades internacionales, Francia obra por la construcción de un mundo multipolar. Eso requiere la afirmación de Europa y de los valores que enarbola: el apego a la paz, al progreso, a la democracia y a la dignidad del ser Humano.

Tras la exitosa introducción del Euro, el año 2002 culminó en Copenhague con una ampliación histórica. La familia europea se reúne por fin. Francia acoge a los diez nuevos países miembros con alegría y emoción. La ampliación europea constituye una oportunidad, pues abre nuevos horizontes a la Unión, nuevos espacios de actividad y renovadas perspectivas de intercambios entre los hombres.

Pero la ampliación representa igualmente un reto y una responsabilidad. El paso de 15 a 25 miembros en la primavera de 2004 modificará profundamente la naturaleza misma de la Unión. Será más rica en su diversidad, pero también más heterogénea. El funcionamiento de sus instituciones deberá adaptarse a una nueva realidad. Los que poseen la voluntad y los medios han de avanzar y señalar el camino. La Unión Europea deberá igualmente interrogarse sobre los límites de su extensión y definir relaciones de colaboración privilegiada con sus nuevos vecinos del Este y del Mediterráneo. Francia desea aportar su contribución en ese sentido. Ese aspecto constituirá igualmente una importante vertiente de la visita del Presidente Putin a Francia y de los viajes que realizaré a los países del Magreb, empezando por una visita de Estado a Argelia.

El éxito de Copenhague es la levadura de una nueva ambición para Europa y debe conducirnos a su refundación. Tal es la misión encomendada a la Convención, que para el próximo verano propondrá un proyecto de Constitución para Europa.

Participar en esta acción en la que se diseña su futuro, es una prioridad para Francia. Ya hemos adelantado varias propuestas para una Europa más eficaz y más democrática, una Europa con la cual nuestros conciudadanas puedan identificarse más. Una Europa con mayor estabilidad, proyección e influencia.

Pienso en la indispensable reforma de la presidencia semestral, con un Presidente para dirigir el Consejo Europeo, elegido por los Jefes de Estado y de Gobierno. Pienso en la designación de un Ministro Europeo de Asuntos Exteriores, encargado de ejecutar las decisiones del Consejo y velar por la coherencia de la acción exterior de la Unión. Por último, tengo presente la necesidad de aclarar y de fortalecer las respectivas responsabilidades del Consejo, de la Comisión y del Parlamento Europeo, y la de implicar más a los Parlamentos nacionales en el funcionamiento de la Unión.

La afirmación de Europa pasa por la consolidación de la Europa de la defensa. Una Europa capaz de actuar en distintos ámbitos, incluyendo el militar, es necesaria para el equilibrio del mundo. Esto implica que cada uno asuma su parte indispensable de esfuerzo, como acaba de hacerlo Francia.

Europa debe asumir esa responsabilidad primero en los Balcanes occidentales. Ahora la Unión puede trabajar junto a la OTAN. Hoy está en capacidad de reanudar la misión de la alianza en Macedonia. Se trata de una primera operación. Debe prepararse igualmente para asumir la dirección de la fuerza internacional desplegada en Bosnia. Así, Estados Unidos y Europa expresarán la realidad de su colaboración estratégica en la gestión de las crisis.

Francia desea conducir primero con Alemania, esta acción destinada a perfilar la Europa de mañana, pues nuestros dos países, juntos, siempre han desempeñado un papel decisivo en las grandes etapas franqueadas por Europa.

Hace cuarenta años, el Tratado del Elíseo sellaba una comunidad de destinos entre Alemania y Francia. Los próximos 22 y 23 de enero, en París y posteriormente en Berlín, junto al Canciller Schroeder, presentaremos nuestra visión de la Europa de mañana. Demostraremos que construyendo a Europa, edificamos las fundaciones de un mundo más pacífico, de un mundo más estable y próspero.

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Excelentísimo Nuncio,

Señoras y Señores Embajadores:

Este es el mensaje que les pido transmitan, junto a mis más calurosos deseos personales, a sus Jefes de Estado y de Gobierno. A cada una y cada uno de ustedes, dirijo igualmente mis más sinceros deseos de ventura y de prosperidad.

Muchas gracias.





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