MENSAJE DE JACQUES CHIRAC, PRESIDENTE DE LA REPUBLICA, EN LA APERTURA DEL ENCUENTRO MEDITERRANEO DE MARSELLA

(Marsella, 17 de mayo de 2004)

Señoras y Señores Ministros, Señoras y Señores:

Es para mí un placer darles una cálida y amistosa bienvenida con motivo de la apertura de su coloquio.

Me habría gustado encontrarme entre ustedes para poder decirles de viva voz la importancia que confiero a su reunión. La sugerí en septiembre de 2002, durante la Cumbre de Johanesburgo, porque me parecía útil para el futuro del Mediterráneo que representantes de la sociedad civil procedentes de todos los países bañados por sus aguas pudieran reunirse e intercambiar libremente sus aspiraciones de cara a favorecer la emergencia de una visión común.

Les agradezco que hayan decidido ustedes, personalidades eminentes y comprometidas en sus respectivos ámbitos, venir a animar este foro.

¿Y qué mejor lugar que Marsella para reunirse? Por su historia, que se remonta a la lejana antigüedad, y por su presente, tan dinámico, simboliza la identidad mediterránea. Es estupendo que, penetrados por el espíritu cosmopolita de esta ciudad excepcional, puedan debatir libremente en ella sobre el futuro con el fin de que sus trabajos inspiren a la próxima Estrategia Mediterránea de Desarrollo Sostenido que preparan el Plan de Acción para el Mediterráneo y el Plan Azul.

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Este encuentro se produce en un momento crítico para el Mediterráneo.

La violencia causa estragos, especialmente entre israelíes y palestinos cuando, hace tan solo unos años, la paz parecía estar al alcance de la mano. Esta violencia no es únicamente una tragedia cotidiana para sus víctimas; no es solo una denegación de derecho para aquellos a los que impide vivir en seguridad y para aquellos a los que impide vivir en un Estado reconocido y dotado de fronteras garantizadas por el derecho internacional. También alimenta la frustración y el odio. Sirve como pretexto al terrorismo. Cada día ahonda más el abismo entre los pueblos.

Todos sabemos que la paz implica que se retome la negociación y que ambas partas hagan simples gestos de valor, de confianza y de generosidad. Europa debe tener el peso que le corresponde y dirigirse a los protagonistas con un mensaje de exigencia y de apertura para que hagan cesar un enfrentamiento que no podemos dejar que enturbie nuestro futuro por más tiempo.

Sé que a todos y todas ustedes les obsesiona ese drama que actualmente parece insoluble. Estoy convencido de que, como hombres y mujeres de buena voluntad que son, desean no caer en las tentaciones del pesimismo, de la indignación o del resentimiento para abordar juntos los retos comunes del espacio mediterráneo.

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Y es que existen otras preocupaciones, en ocasiones menos perceptibles pero no menos inquietantes.

¿Quién puede resignarse a que el Mediterráneo sea, al norte, una región de elevado nivel de vida, de innovación y de crecimiento, y al sur, una región marcada por cierto letargo?

¿Quién puede permanecer indiferente frente a esos millones de jóvenes a los que se les niegan necesidades fundamentales como la educación, la formación profesional y el empleo?

¿Quién puede aceptar ver el patrimonio ecológico de este magnífico mar empobrecerse, amenazado por un crecimiento urbano exponencial, un turismo no regulado, una pesca demasiado agresiva y contaminaciones insuficientemente controladas?

¿Quién puede aceptar esa caricatura de nuestras relaciones que constituye el espanto del choque de civilizaciones, que enfrenta esquemáticamente al Islam y al Mundo Cristiano, cuando la historia de nuestra región es la historia de nuestros intercambios, nuestros préstamos, nuestro diálogo así como de nuestros antiguos enfrentamientos?

El envite de sus discusiones es inmenso. La cuenca mediterránea, mundo a la vez abierto y cerrado, unido y dividido, está tan cargada de historia, de civilización y de cultura que parece formar un caleidoscopio de experiencias humanas. Nosotros debemos imaginarle un futuro común, un proyecto de civilización para el siglo XXI. Debemos fomentar un verdadero diálogo de las culturas y concebir nuevas relaciones entre el norte y el sur. Esta era la ambición del Proceso de Barcelona, al que urge dar nuevamente aliento de vida.

Con la ampliación a Malta, Chipre y Eslovenia, la Unión Europea ha confirmado su vocación mediterránea. Y la determinación de Turquía a respetar los principios fundadores de la Unión, así como la respuesta que esta última le dé, constituirán en los próximos años, uno de los indicios más claros de los progresos de nuestros esfuerzos.

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En estos tiempos en los que se plantean con agudeza asuntos difíciles, Europa debe confirmar su compromiso al servicio de las reformas que quieren desarrollar los países mediterráneos.

La reforma es vital para liberar potenciales demasiado a menudo asfixiados. Debe estar animada por la ambición modernizadora, por las cualidades que son el motor de toda sociedad: la inclinación por la innovación y la aspiración individual y colectiva al progreso, a la felicidad, al respeto y a la libertad. Debe ser una apuesta sobre la apertura y la confianza en la naturaleza humana porque las identidades se atrofian cuando se encierran en la intolerancia, el fanatismo o el rechazo del otro.

Pero la reforma no puede imponerse desde el exterior y mucho menos por obligación. No puede consistir en la importación llave en mano de un modelo extranjero. Reposa en la energía propia de cada pueblo, de cada país, al mismo tiempo que debe recibir el decidido respaldo de los demás, como socios y amigos que son. Así es como Francia y la Unión Europea conciben la asociación euromediterránea.

Una asociación económica, para que cada país disfrute de la apertura que engendrará la realización de una zona de librecambio, para que un espacio común hecho de iniciativa y de dinamismo ofrezca a cada uno la oportunidad de una mayor prosperidad.

Una asociación al servicio del medio ambiente, para que compartamos nuestras respuestas a los problemas del desarrollo sostenido, tan agudos en nuestra región, caracterizada por equilibrios ecológicos frágiles y amenazados.

Una asociación al servicio del Hombre, de cara a hacer llegar a todos y a todas la educación, los cuidados médicos, una vivienda digna y la cultura. De cara a hacer realidad en todas partes la universal aspiración a la libertad y al respeto de los derechos humanos, de la democracia y del Estado de Derecho.

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Señoras y Señores:

Con la globalización, que difumina las distancias y multiplica los intercambios, nuestros horizontes se amplían y nuestras identidades se multiplican. Optemos por soñar: soñar con una nueva identidad, con una nueva ciudadanía mediterránea. Sepamos construir pasarelas entre nuestros pueblos para comunicar nuestras ciudades, nuestros países y nuestras empresas de una orilla a la otra del Mediterráneo.

Compartimos este mar de luz tan intensa y de costas tan seductoras.

Compartimos el origen de la civilización, con la intuición que nació en Egipto y que se propagó, se diversificó y se realizó a lo largo de los siglos en tantos pueblos de elevada cultura, con un patrimonio inestimable.

Hemos recibido la formidable herencia humanista de las religiones del Libro y compartimos la convicción de que el diálogo entre iguales, el intercambio de ideas y el respeto del otro deben inspirar nuestras relaciones y traducirse en actos.

Somos unos de los primeros inventores de la Democracia, de la vida ciudadana, de un arte de vivir hecho de armonía entre el hombre y su entorno al mismo tiempo de que voluntad de superar la hostilidad en ocasiones de la naturaleza.

Quizás este sea el envite de sus trabajos. Si nace entre ustedes una complicidad, un vínculo duradero y una voluntad política de afirmar en el mundo una identidad y un proyecto para nuestras era, será la prueba de que el Mediterráneo sigue siendo cuna de civilización y de humanismo; de que, en el siglo XXI, puede ser uno de esos polos de progreso humano en torno a los cuales se organizará la globalización.

Gracias